¿Por Qué el Veganismo No Facilita la Normoglucemia? - Diabetes Bien

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¿Por Qué el Veganismo No Facilita la Normoglucemia?

Está volviéndose muy común – y del interés de mucha gente – empezar a llevar una alimentación vegana, es decir, basada exclusivamente en plantas y sin incluir ningún producto de origen animal. Si bien cada persona es libre de decidir qué comer, y es muy respetable que alguien quiera hacer un esfuerzo por comer de la forma que les parece más consciente y adecuada, así como es muy respetable y loable preocuparse por el bienestar animal y por el medio ambiente; este artículo puede resultar polémico. Pues explicaré por qué una alimentación vegana me parece incompatible con los requerimientos de nuestra genética humana para la salud, pero sobre todo, es incompatible con (o casi imposibilita) lograr la normoglucemia, que es un pilar fundamental de la salud y sobre todo para quienes vivimos con diabetes.

Este artículo no pretende atacar a ningún movimiento, ni vegano ni vegetariano ni ningún otro. Y nuevamente, cada quien tiene libertad de experimentar lo que mejor le funciona y decidir para su propia salud. La alimentación desde luego es un tema que puede despertar emociones y susceptibilidades. Elegir qué comer y por qué, para muchas personas supone toda una postura ética, moral o hasta política. Yo simplemente hablaré de mi experiencia clínica y personal, acompañando a personas que viven con diabetes o pre-diabetes (o que desean evitar la diabetes); hablaré de cuáles cosas son las que veo funcionar mejor, sobre todo teniendo en cuenta nuestro objetivo de lograr la normoglucemia, para una óptima salud y bienestar. Es fundamental informarse correctamente.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que una dieta (o una cosa comestible, cualquiera que sea) no se vuelve automáticamente “saludable” o “coherente” tan sólo por ser vegetariana, vegana, basada en plantas o lo que sea. (En mi experiencia, estas etiquetas con frecuenta son confusas y no explican lo suficiente). Desde mi experiencia clínica, puedo decir que llevar una alimentación vegana que realmente sea saludable y coherente con nuestros requerimientos, es sumamente complicado. No es un estilo de alimentación que yo recomiendo. De entrada hay que saber que, si uno elige ser vegano, deberán suplementarse varias sustancias que nuestro cuerpo necesita para funcionar correctamente, y que no existen en ninguna planta: sobre todo vitamina B12, proteínas, vitamina D3, y las versiones no vegetales del ácido graso omega-3 (DHA y EPA; pues la forma vegetal ALA no le sirve a nuestro organismo casi para nada). Esto nos indica, ya desde el inicio, que la alimentación vegana no es coherente con nuestra genética humana, y con lo que nuestros genes piden para estar en salud y bienestar. Un estilo de alimentación que a final de cuentas requiere cuidadosa suplementación, así como una detallada gestión de los balances nutricionales, ya nos da pistas de que quizá no es lo que evolucionamos mejor adaptados para comer.

Si bien a algunas personas puede sentarles bien una alimentación basada sólo en plantas (o al menos así lo parece, visto desde afuera), es muy probable que con el tiempo aparezcan deficiencias de micro- y macronutrientes; por no mencionar el otro problema fundamental de que la alimentación vegana suele ser alta en carbohidratos (por más que sean “complejos” o “de grano entero”) y que por lo tanto podría favorecer resistencia a la insulina e inflamación.

Es fácil confundirse, pues hay muchas personas que iniciaron una alimentación vegana y al principio pareciera que les está sentando muy bien: pierden peso, dicen sentirse genial, etc. Lo que con frecuencia sucede es que pierden peso porque también sacaron de sus vidas muchísimos comestibles chatarra: se deshicieron de azúcares, procesados altos en fructosa, etc. O quizá también dejaron de fumar, redujeron el consumo de alcohol y empezaron a hacer más ejercicio: cosas todas ellas que mejoran nuestra salud. Si uno antes comía mucha azúcar o fructosa y de pronto la deja, naturalmente va a perder peso, pero eso no se traduce automáticamente a que el veganismo sea responsable de este progreso, ¡sino que uno progresó gracias a que dejó atrás mucha “porquería”!…

Hay muchas personas veganas, sin embargo, que con el tiempo empiezan a sentirse mal, o encuentran que su alimentación ya no les está haciendo sentir tan bien como al inicio. Muchos pueden pasar años sintiéndose muy bien con un régimen vegano, y pareciera que su salud mejoró, pero es frecuente que al cabo de un tiempo aparezcan deficiencias nutricionales; empiezan a sentirse todo el día agotados, constantemente hambrientos, con trastornos intestinales, desregulación hormonal (sobre todo en mujeres), migrañas… Hay en línea testimonios de muchos “ex-veganos”, que dejaron de serlo porque con el tiempo ya notaban daños a su salud, en ocasiones muy graves. Aquí se enumeran algunos:

Posibles daños a la salud derivados de una alimentación vegana:
Resistencia a la insulina
Intestino permeable o irritable
Deficiencias nutricionales; poca absorción  de nutrientes debido a la presencia de los antinutrientes en las plantas
Otros trastornos intestinales como la enfermedad de Crohn
Migrañas
Síndrome de Ovario Poliquístico y otras desregulaciones hormonales en la mujer
Agotamiento
Desánimo y poca energía
Sentir hambre constantemente, aunque se coma mucho o “lo suficiente”
Desarrollo de trastornos autoinmunes, sobre todo en niños

Puedes leer este artículo, en donde una exvegana canadiense cuenta su extenso testimonio de los problemas de salud que enfrentó siendo vegana, por más que intentó ser estricta y “hacer que funcionase”.

¿Por qué el veganismo te alejaría de la normoglucemia y la salud integral?

Ante todo, es importante saber que ningún grupo humano evolucionó comiendo una alimentación vegana. Ninguno. Ciertamente hay grupos y tradiciones culinarias – que hasta hoy perduran –, en donde encontramos fuerte presencia de vegetales y que éstos conforman gran parte de la alimentación, pero siempre se acompañó con alguna fuente de proteínas y grasas animales: ya fueran pescados, huevos, aves, o incluso insectos, en las regiones donde otros animales no eran comunes. Las plantas no fueron la base de nuestra comida ancestral, con la que evolucionamos antes de que apareciese la agricultura.

Y lo que es más, sabemos que los humanos ancestrales sobrevivieron a glaciaciones: el que hoy sigamos existiendo sólo se explica sabiendo que ellos consumieron animales, y que nuestros genes fueron forjados con esa información. Y una vez terminada la glaciación, aun así muchos humanos ancestrales vivieron en zonas y en momentos donde ni siquiera crecían plantas: sobre todo en el hemisferio norte, una buena parte del tiempo se sobrevivía forzosamente a base de animales, cazados durante crudos inviernos en que no era posible recolectar ningún vegetal o fruto. Por lo que, desde un punto de vista evolutivo, una alimentación vegana resulta anti-genética y anti-evolutiva.

No solamente eso, sino que además, hay muchas plantas que no estamos 100% adaptados a comer. Esto podría sorprender a algunos, que creen que un alimento es automáticamente “bueno”, o por lo menos inofensivo, tan sólo por ser de origen vegetal. Se asume que las plantas son “saludables” por default, tan sólo por ser plantas. ¡Nada más alejado de la realidad!… El Dr. Carlos Jaramillo pone este claro ejemplo: una alimentación basada en patatas fritas, gaseosa y azúcar es 100% vegana, y también nos enfermaría en tiempo récord. Las plantas y vegetales también pueden ser fuente de sustancias inflamatorias, así como antinutrientes: compuestos que inhiben la absorción de otros nutrientes o que anulan sus efectos; tales como ácido fítico, oxalatos, ciertos ácidos dañinos, entre otros. Además las plantas, especialmente los cereales, tubérculos y leguminosas, tienen en su mayoría carbohidratos, que no son indispensables para nuestra nutrición y que causan un efecto desfavorable y severo en los niveles de glucemia e insulina. ¡Muy malas noticias para quienes vivimos con diabetes!…

Hay que tener especial cuidado tratándose de bebés, niños, mujeres embarazadas, así como mujeres y hombres que estén intentando concebir. Mi experiencia clínica es que las madres o padres que llevan esta alimentación vegana, en ellos y en sus hijos, aumentan el riesgo de enfermedad, especialmente condiciones auto-inmunes y resistencia a la insulina: los dos grandes riesgos inherentes a llevar una alimentación así. Por lo que aún menos recomiendo este tipo de alimentación (incoherente con la genética humana) en niños y adolescentes.

La realidad es que muchas personas veganas llegan a mi práctica clínica enfermas y desreguladas metabólicamente, ya sea con resistencia a la insulina o trastornos autoinmunes (o ambos), esto es así; y en muchos casos se debe en parte a la nutrición deficiente y a la resistencia a la insulina que se desarrolló. Se ha sabido de bebés y niños que mueren porque se les tuvo en una alimentación vegana extremadamente deficiente en nutrientes (incluso siendo amamantados, pero por madres que estaban ellas mismas sumamente deficientes en nutrientes, al seguir una alimentación vegana). Los niños están en desarrollo y además, están dentro de una ventana de programación metabólica, en donde su organismo está sentando las bases y todo el “cableado” de su futura salud.

¿Cuál es entonces la postura responsable?… Lo más importante es comprometernos a aprender, educarnos e informarnos. Una dieta no se vuelve automáticamente saludable o coherente por no comer animales; el “secreto” no está ahí. Comer o no animales por postura ética es una elección respetable, pero es fundamental que nuestra alimentación sea consciente y desde una postura informada.

Para quienes vivimos con diabetes o deseamos evitarla, la enorme desventaja metabólica de una alimentación vegana es que es muy difícil de hacer compatible con la normoglucemia. Y esto es porque un protocolo vegano de alimentación, casi por definición será bajo en grasas reales (y bajo en colesterol, una sustancia que muchos creen dañina y sin embargo es fundamental e indispensable para la salud integral); y esto a su vez llevará a que casi por definición sea alto en carbohidratos (pues si no se consumen grasas animales, deberemos obtener la energía de algún otro sitio). Y la enorme desventaja viene entonces de que será una alimentación que constantemente dispare la glucosa en sangre, así como la insulina. Es un estilo de alimentación que, si no se pone fuertísimo cuidado en hacer un balance de ingredientes (que de otro modo sería innecesario), resultará pro-hiperglucemia y pro-hiperinsulinemia. Esto será muy difícil de hacer compatible con la normoglucemia, que es un pilar fundamental de la salud y el bienestar, más aún si se vive con diabetes.

Es muy difícil lograr un equilibrio, también por el tema de la proteína. Toda la proteína vegetal es proteína incompleta, mientras que toda la proteína animal es completa (cuenta con el perfil completo de aminoácidos que necesitamos). Los veganos frecuentemente tienen que excederse en el consumo de carbohidratos, en fuentes vegetales, para poder “llegar” a la cantidad de proteína que necesitan, ya que la proteína vegetal es deficiente por definición: es frecuente que abusen entonces de los cereales, o de las muy celebradas leguminosas como supuesta “gran fuente de proteína” (lenteja, frijol, garbanzo, soja, etc); dos alimentos que en realidad son poco óptimos como fuente de proteínas y de nutrientes – y que además presentan el enorme inconveniente de un alto contenido de carbohidratos y una alta carga glucémica. La alimentación vegana es no-normoglucémica, casi por definición. Volverla compatible con la normoglucemia es sumamente difícil, prácticamente imposible, además de que requerirá suplementos obligatoriamente y no como “complementos nutricionales para optimizar la salud” como los solemos utilizar en la alimentación habitual acestral actual.

Otro problema que encuentro entre muchos que siguen alimentación vegana, es que basan este estilo de alimentación, supuestamente “saludable”, ¡en ultraprocesados!… Por ejemplo los nuevos y modernos “sustitutos” de carne o pollo, que están repletos de aceites de semillas (inflamatorios y tóxicos), azúcares, y sustancias sintéticas para dar artificialmente “aspecto” y “sabor” a carne. Si vas a ser vegano, concéntrate en que por lo menos tu comida sea real, preparada por ti mismo(a), y nunca basada en estas aberraciones sintéticas que son un atentado a la salud de cualquiera. Si vas a ser vegano, que sea bien hecho, con suficientes proteínas y grasas reales.

Una gran pregunta presente en este tema es: ¿qué hay sobre el medio ambiente?… Me parece loable y respetable que a una persona le interese llevar una alimentación más consciente, sostenible, y respetuosa de la vida de todos los seres. Sin embargo, invito a cuestionar la idea de que el veganismo sea la solución – en especial si no se está considerando el “cómo”. Uno podría volverse vegano, creyendo que así cuida el medio ambiente y su salud, pero podría ser que no se está cuidando ni una cosa ni la otra. Expliqué antes que una alimentación vegana con frecuencia está basada en comestibles poco óptimos, como los cereales. Para cultivar cereales y granos, deben destruirse inmensas áreas de bosque o pastos, lo que también está acabando con la vida de insectos, pequeños mamíferos, abejas, etc; para transformar dichas áreas en campos de monocultivo que son verdaderos cementerios biológicos: nada crece ahí excepto los cereales elegidos, en suelos bañados de pesticidas y “fertilizados” artificialmente con sintéticos.

Mientras que la cría de vacas de pasto, por ejemplo, y su consumo responsable, respeta todo el ecosistema y no supone la destrucción sistemática de hábitats y especies. Existen incluso granjas ganaderas que, lejos de aumentar la huella de CO2, de hecho hacen lo que se conoce como “secuestro de CO2”, literalmente capturan dióxido de carbono del aire y lo regresan a la tierra: ¡un beneficio ecológico neto!… En este interesante artículo, Ximena de la Serna habla de por qué un consumo consciente de carne de pasto, y de otros animales criados de forma ética, puede ser mucho más sustentable y ético que seguir destruyendo inmensas áreas para sembrar los cereales que ni siquiera nos nutren bien. La vida se alimenta necesariamente de vida, y la tierra también necesita los desechos y cuerpos de los animales para fertilizarse de forma  natural y coherente.

Podemos también hacer mención de que comiendo comida real, basada en proteínas y grasas de origen animal, se vuelve fácil comer con menos frecuencia, una práctica sumamente benéfica a la salud pero también favorable a la ecología: al comer menos veces al día y enfocarnos en la calidad, uno puede volverse mucho más económico con sus recursos, minimizando el desperdicio, la energía invertida en preparar alimentos, etc. Una comida alta en grasas reales es muy saciante, por lo que es muy fácil comer menos veces al día y menos en volumen, pero con comidas que son mucho más densas en nutrientes y que nos dejan saciados por muchas horas. Dejar de comer cereales supondría un gran ahorro ecológico, y el ayuno es una manera mucho más sencilla y gratuita de economizar recursos. https://diabetesbien.com/go/

Mi experiencia y mis programas:  

Soy Rosy Yáñez, soy Nutricionista con Doctorado, experta en Nutrición y Metabolismo, Diabetes, Alimentación Low-carb, medicación efectiva y ayuno intermitente.

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