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Diabetes en la adolescencia:

Cómo guiarlos con empatía y sin sobreprotección

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La adolescencia es una etapa repleta de grandes cambios, en nuestro desarrollo biológico, psicológico, sexual y social. Es el viaje de la niñez a la etapa adulta, y este viaje durará varios años y abarcará en sí mismo varias etapas. Todos quienes pasamos por ella o quien tenga hijos adolescentes, sabe de sobra que suele ser una época complicada, que suele traducirse en un empeoramiento de las relaciones familiares, sobre todo con los padres.

Cuando existe además un diagnóstico de diabetes tipo 1 (DT1, que suele ser diagnosticada en la niñez o adolescencia), esto trae un desafío adicional, tanto para el adolescente como para sus padres. ¿Cómo acompañarle en el manejo de esta condición, con la que el chico o chica vivirá toda su vida?… El periodo inmediatamente después del diagnóstico suele traer estrés, ansiedad y frustración a la familia, ya que forzosamente deberá haber cambios, para acompañar al adolescente en su vida con diabetes.

Sin embargo, precisamente como está en la transición hacia volverse un adulto(a), es fundamental para los padres encontrar el equilibrio del acompañamiento respetuoso. Este equilibrio consiste en encontrar el balance que poco a poco coloca la responsabilidad firmemente en los hombros del propio adolescente; sin caer por un lado en un extremo de imposición controladora por parte de los padres, ni tampoco abandonarle a que él mismo o ella misma “se busque la vida” con su condición como si fuese un adulto que no es.

Mencionaré varios puntos que son de enorme importancia en la búsqueda de ese balance, muchos de ellos son similares a los que mencioné en el artículo sobre acompañamiento entre iguales en lugar de autoritarismo.

Acompañamiento respetuoso y construcción del respeto

Para que un adolescente pueda asumir el manejo de su diabetes de forma adecuada y progresiva, el rol de los padres debe transformarse: pasar de ser ejecutores del control a convertirse en guías empáticos. El acompañamiento respetuoso significa ver al adolescente como un ser completo, capaz de aprender, adaptarse y decidir, sin infantilizarlo ni abandonarlo en soledad frente a su diagnóstico. Implica acompañar su proceso de aprendizaje —con errores incluidos— sin caer ni en la imposición ni en la desprotección.

Este equilibrio no es fácil. Muchos padres oscilan entre el miedo a que su hijo cometa errores con consecuencias de salud y la necesidad de darle libertad para descubrir y responsabilizarse de su condición. A esto se suma la complejidad propia de la adolescencia: una etapa donde el joven busca forjar su identidad, empujar límites y ejercer control sobre su cuerpo —incluso en aspectos relacionados con la diabetes (“¿qué pasa si no me pincho?”, “¿y si me doy un atracón?”).

Es natural que los adolescentes no siempre quieran saber de sus padres o rechacen su intervención. Por eso, es clave que en la familia existan acuerdos claros de convivencia, pero también un profundo respeto hacia la autonomía del adolescente. Escuchar su voz, validar sus emociones, y comunicar que están allí para acompañar —no para controlar— crea un entorno de confianza desde el cual puede emerger la verdadera responsabilidad.

Lo más importante que pueden hacer madres y padres es sostener ese acompañamiento paciente y empático durante la etapa de ensayo y error. Que el adolescente sepa que sus padres confían en él o ella, y que podrán caminar juntos este proceso, construyendo autonomía real desde el respeto mutuo.

Ensayo y error: así es el aprendizaje.

Es crucial recordar que el manejo de la DT1, especialmente al inicio, consistirá en un período de pruebas y errores; para saber evitar las hipoglucemias, medir la glucosa en sangre, pinchar la insulina, aprender sobre los alimentos y sus efectos, etc.

A lo largo de muchas observaciones y pruebas con su medidor de glucosa y/o sensor de glucosa, el adolescente irá aprendiendo a relacionar los alimentos y demás factores, con los cambios en su cuerpo y en cómo se siente, por ejemplo: “si como tal o cual alimento, me sube la glucosa más o menos, durante tanto tiempo, o cuando tengo hambre a tal hora mi glucosa suele estar entre 60 y 70 mg/dL”, etc. Saber llevar este aprendizaje le facilitará el control de sus niveles de glucosa en sangre, evitando hipo o hiperglucemias, y marcando pasos a seguir en caso de glucosa alta o baja (suplementar con más insulina, tomar tableta de glucosa, etc.), y dándole esa sensación de autonomía.

Ser paciente con los errores – que habrá muchos durante el aprendizaje – es importante; saber que los errores son parte inevitable, y no parte negativa, de este aprendizaje. Serán inevitables sobre todo ¡porque el propio cuerpo del adolescente está cambiando mucho!… Si de pronto crece mucho en un año, su cuerpo está de tamaño distinto y por lo tanto cambian los requerimientos de insulina o los efectos de “x” cantidad de glucosa, o necesita dosis distintas que antes. Las hormonas y sus muchos efectos en glucosa e insulina, y entre unas y otras, también experimentarán cambios. Hacerle saber que es importante que escuche a su cuerpo y que aprenda a interpretar sus señales; así como recordarle que ¡el aprendizaje continúa durante toda la vida!…

El adolescente como responsable.

El chico o chica crecerá y, a diferencia de cuando era un niño pequeño, no estará siempre cerca su madre o padre para pincharle la insulina o prepararle los alimentos. No es productiva tampoco la fantasía de que los médicos o la ciencia harán el trabajo por él (por ejemplo “puedo comer lo que sea y luego simplemente pinchar mucha insulina”, cosa que es falsa). Ahora está sucediendo la transición entre ser un niño o niña, pasivo en su diabetes (si es que se le diagnosticó desde la infancia), a ser responsable de ella. Lo crucial es que él o ella entienda desde ahora que el aprendizaje le corresponde a él o ella, y que se haga responsable de su condición (he hablado antes también de la transformación del síntoma de “culpa o vergüenza” hacia la responsabilidad en el manejo de la diabetes, y cómo el aprendizaje más importante de todos es este aprendizaje emocional y empoderamiento individual).

Si el diagnóstico se recibió desde la infancia, probablemente el adolescente ya se benefició de cierto aprendizaje por observación, sobre los efectos de los alimentos en la glucosa, monitoreo de niveles de GS, o a través del sensor de glucosa etc. Si no, ¡toca responsabilizarse de aprender ahora!… Este aprendizaje le preparará para moverse del papel pasivo del niño con diabetes hacia el activo del adulto con diabetes. Este cambio no sucederá de la noche a la mañana, sino de manera progresiva.

Se trata de un viaje no solamente hacia la adultez, sino también hacia la responsabilidad en donde él sea el conductor; el capitán – y no pasajero pasivo – de este barco en que navegará toda su vida. Los padres obviamente no podrán estar ahí todo el tiempo vigilando lo que come o pinchándole la insulina. Que él o ella sepa que puede vivir en completo bienestar y salud, si se compromete con su aprendizaje, eso es responsabilidad suya. La educación es el tratamiento para la diabetes, y solamente él o ella puede hacerse responsable de su educación.

Empatía.

Empatizar con el adolescente logrará con mucha más facilidad una conexión emocional, que haga posible el acompañamiento respetuoso. Esta empatía se relaciona con ponernos en los zapatos del chico o chica, recordar que él no es “causante” de la diabetes (pero sí “responsable” de cómo la manejará); tener paciencia de sus errores (que sobre todo al principio serán muchos); y apoyarle desde un lugar de amor y confianza.

En la adolescencia, ya de por sí, puede haber mucho estrés: el chico o chica quiere encajar con los demás pero a la vez reafirmar su individualidad, quiere ser autónomo pero aún hay mucha inexperiencia. La empatía es el primer paso, y fundamental, para apoyarle a manejar ese estrés y cualquier otra emoción; recordarle que puede llevar una vida en completo bienestar, con el acompañamiento y aprendizaje adecuados.

Desde el enfoque holístico de la terapia Gestalt, acompañar a un adolescente con diabetes implica más que vigilar conductas: significa estar presente en el aquí y ahora con una mirada no crítica. Esto quiere decir no interpretar lo que el adolescente “debería hacer”, sino a observar y validar lo que está sintiendo, construyendo así una relación real, sin máscaras ni exigencias. Esto genera un espacio de contacto auténtico donde el adolescente puede expresar dudas, frustraciones o resistencia sin sentirse juzgado. Solo desde este lugar de presencia y aceptación puede surgir la verdadera autonomía emocional y conductual frente a su autocuidado de la condición.

Confianza y comunicación.

Solamente manteniendo canales de comunicación adecuados, abiertos y saludables, podemos entender al chico y favorecer que él o ella nos entienda a nosotros. Es importante transmitirle una sensación de confianza, hacerle saber que queremos escucharle, y que nosotros a la vez tenemos la confianza de que él o ella es perfectamente capaz de manejar su diabetes para el bienestar.

Tal como proponen Faber y Mazlish, la clave está en dejar de imponer y empezar a conectar. En lugar de decir “Tienes que medirte la glucosa ahora”, es mucho más efectivo validar primero la emoción: “Entiendo que estás cansado y no quieras pensar en la diabetes todo el tiempo…” y luego ofrecer una opción limitada: “¿Quieres medirte o mirar tu glucosa ahora o en 15 minutos antes de salir?”. Esta metodología no solo baja el nivel de tensión, sino que fortalece la confianza del adolescente, mostrándole que tiene poder de decisión. Este tipo de comunicación empática y práctica facilita que el joven asuma progresivamente la responsabilidad de su condición, sintiéndose acompañado y no vigilado.

Verle como capaz y autónomo.

El propio adolescente puede tener momentos de ansiedad y de dudas sobre su capacidad de gestionar su diabetes. Ya de por sí los adolescentes navegan constantemente en la tensión entre dejar de ser niños y empezar a ser adultos; no quieren que se les trate como niños, a pesar de que aún les falte experiencia en muchos sentidos. Los adolescentes tienen una gran capacidad de autogestionarse ellos mismos, poco a poco y progresivamente, si se les guía desde un lugar de empatía y respeto.

Aquí es fundamental que los padres efectivamente empiecen a mirarlos y tratarlos desde un lugar muy distinto a cuando eran niños. Hacerles saber que los vemos como seres capaces (y no como “enfermos que necesitan ayuda y protección”), que tienen el poder de tomar las riendas de su propio bienestar, y autónomos. Irles “soltando” gradualmente hacia esa autonomía y darles el “permiso” de explorar ellos mismos lo que su cuerpo hace con los alimentos, la insulina, etc., y cómo aprender en ellos mismos para lograr ese bienestar.

Congruencia en casa.

¡Este punto puede costarle a muchos!… El adolescente logrará mucho más rápidamente la autonomía en su aprendizaje y su manejo de la diabetes, si en casa hay un contexto coherente que le apoya en sus objetivos. Si él aprende que la alimentación baja en hidratos le ayuda a mantener su normalidad glucémica; pero al llegar a casa se comen muchos carbohidratos, o le presionan a que “coma lo mismo que los demás”, entonces caerá más fácilmente en esa montaña rusa metabólica que además de afectar su salud, le traerá probablemente frustración, estrés y una sensación de descontrol e impotencia con su diabetes. Una alimentación coherente en el resto de la familia es fundamental: recordemos que una dieta alta en hidratos, azúcares y productos procesados no solamente le afecta a él, también a los otros. Al adolescente con diabetes le causa daños más inmediatos, pero una dieta así no es saludable tampoco para sus familiares que viven sin diabetes.

Aceptación de la diabetes.

Recordemos finalmente que tanto para el chico o chica como para sus padres es importante – y el primer paso del empoderamiento para el aprendizaje – llegar a la aceptación de que el chico o chica vive con diabetes, y vivirá con diabetes toda su vida; sin embargo es perfectamente posible vivir con diabetes y en bienestar, evitando los daños que más bien están relacionados con la hiperglucemia crónica y no con la condición de diabetes en sí misma.

El propio adolescente, según su personalidad y sus deseos, también elegirá a quién y cuándo comentar que vive con DT1, entre sus amigos o compañeros de escuela, etc. Quizá esto no siempre será fácil, o él no recibirá el tipo de reacciones que esperaba. Nuevamente es importante hacerle saber que él es quien decide cómo interpretar su condición, cómo comunicarla a otros, y ayudarle a entender que independientemente de cómo reaccionen otras personas, él o ella siempre tendrá ese poder de elegir, de aprender, y de hacerse responsable de cómo vive su diabetes.

Mi experiencia y mis programas

Soy Rosy Yáñez, soy Nutricionista con Doctorado, experta en Nutrición y Metabolismo, Diabetes, Alimentación Low-carb, medicación efectiva y ayuno intermitente.

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Te dejo este TESTIMONIO de un adolescente con diabetes tipo 1:

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