La Verdad Sobre los Aceites Vegetales o de Semillas - Diabetes Bien

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La Verdad Sobre los Aceites Vegetales o de Semillas


¿Qué son los llamados “aceites vegetales”, por qué son tan comunes en la alimentación moderna o convencional, y por qué no te conviene consumirlos?… Hay que empezar por definir a qué me refiero con “aceites vegetales”, pues ya desde el nombre existen confusiones. Uno pensaría que se trata de “aceites que vienen de un vegetal”, pero hay que saber distinguir aquí entre productos saludables que son un alimento ancestral, y otros productos tóxicos y ultraprocesados que causan grandes daños a la salud.

Los aceites que vienen de frutos como las aceitunas (aceite de oliva), los cocos, o los aguacates, y que pueden obtenerse fácilmente incluso con un prensado casero, son generalmente grasas saludables que la humanidad ha consumido durante milenios. En este artículo me referiré a los daños causados por los aceites que vienen de semillas y granos, que no pueden obtenerse de ninguna prensa casera, y que por lo tanto requieren un procesamiento industrial para fabricase: me refiero a los aceites de maíz, soja, cártamo, girasol, algodón, colza, etc. Cuando alguien habla de “aceites vegetales” se refiere por lo general a éstos últimos, así que a ellos me referiré aquí al hablar de “aceites vegetales”. Podríamos entonces distinguirlos como “aceites que vienen del ultra-procesado de semillas, cereales o granos”. Son aceites baratos, obtenidos de un sobreprocesado industrial de semillas específicas o granos de cereal.

¿Por qué surgen en el mercado, o de dónde vino la idea de consumirlos?… Estos aceites surgen por un motivo principal: la demonización de las grasas saturadas, a mediados del siglo pasado y con más fuerza desde los años 80’s. Una mezcla de mala ciencia e intereses comerciales, llevó a médicos norteamericanos a creer que la grasa saturada y el colesterol eran malos para la salud (como las grasas presentes en la mantequilla, carne de animales, lácteos grasosos, o frutos grasos como el coco). Entonces se pensó que sería “mejor” consumir grasas o aceites que tuvieran un mayor porcentaje de grasas monoinsaturadas o poliinsaturadas, las cuales supuestamente eran “mejores” principalmente porque “contenían menos colesterol”. Tampoco ayudaba el hecho de la palabra “saturada” confundía a mucha gente (por desinformación), pues “saturado” sonaba como algo nocivo.

Todas las grasas que existen, están compuestas por una mezcla de grasas saturadas, monoinsaturadas y poliinsaturadas. Sin embargo, son muy importantes las proporciones de cada una. Cuando decimos que una grasa es “saturada” se refiere simplemente a su estructura molecular; es una cadena de moléculas que contiene naturalmente muchos hidrógenos, y está “saturada” porque ya los enlaces están completos y no caben más hidrógenos. Ejemplos de ésta son la grasa presente en la carne de animales o en productos como la mantequilla; estos productos están compuestos en mayor proporción por grasas saturadas. Las grasas monoinsaturadas son aquéllas a las que solamente “les falta” un átomo de hidrógeno; y también están presentes en alimentos naturales y saludables como el aceite de oliva, que es alto en grasas monoinsaturadas. El problema viene con los aceites de producción industrial, que son muy altos en grasas poliinsaturadas; en la comida real estas grasas sólo están naturalmente presentes en proporciones bajísimas, en cambio los “aceites vegetales”, inventados por el hombre, son altísimos en estas grasas poliinsaturadas. Al demonizar a las grasas saturadas en la segunda mitad del siglo pasado, se empezó a creer que sería “buena idea” consumir estas grasas ultraprocesadas que son principalmente poliinsaturadas.

También hubo un momento en que, además de que se fabricaran grasas poliinsaturadas, encima se les hidrogenaba también – a estas grasas hidrogenadas se les conoció como “grasas trans”. Sus daños a la salud pronto fueron tan evidentes, que ahora todos reconocemos que las grasas trans son un desastre para la salud; pero los “aceites vegetales” aun cuando no son hidrogenados, son también un desastre metabólico y de salud. La evidencia científica que apoye su consumo para supuestamente “mejorar la salud del corazón” es sumamente pobre, y como en muchos otros temas, completamente sesgada por intereses comerciales y económicos.

Mientras que una grasa saturada es muy estable molecularmente (y también muy estable para cocinar), estos “aceites vegetales” son molecularmente inestables y también indigeribles, son altamente inflamatorios y tienen también una proporción demasiado alta de omega-6; por todos estos motivos causan grandes daños a la salud que mencionaré uno por uno. Otra característica que presentan estos aceites ultraprocesados es que son líquidos a temperatura ambiente o incluso cuando están guardados en frío; pero esto, lejos de ser saludable, es mucho peor para la salud – de hecho, es una de las señales de que se trata de un aceite alterado y ultraprocesado. Lo menciono porque esta característica de ser líquidos a temperatura ambiente es otro factor que confunde a mucha gente; algunos pudieran llegar a creer que una grasa que es sólida en frío (como la mantequilla) es “más nociva”, o creer que por ser sólida quiere decir que “hace eso mismo en las arterias (endurecerse y bloquearlas)”. Pero la propiedad de ser sólida o líquida no tiene nada qué ver con las arterias; sino que los daños de los aceites vegetales y de las grasas procesadas vienen de las reacciones que ocasionan en nuestro cuerpo, del desbalance entre omega-3 y omega-6, y del hecho de que estos aceites son un producto inflamatorio y tóxico, fabricado mediante un proceso lleno de químicos venenosos.

Una pauta que podemos utilizar para distinguir, a grandes rasgos y de manera general, entre una grasa o aceite saludable y uno dañino, es guiarnos por este principio: si se trata de un aceite o grasa que fácilmente se podría obtener o fabricar en una granja o con una prensa casera, entonces es saludable. Entonces; pensemos que en una granja podríamos fácilmente fabricar mantequilla casera, o producir aceite de oliva o de coco con una prensa sencilla, o que dentro de todas las partes del cuerpo de un animal la grasa se encuentra en todas sus vísceras y/o casquería y está ahí directamente disponible. Ninguno de estos procesos requiere una gran fábrica llena de procesos complicados o de químicos tóxicos. En cambio cuando se trata de cereales o de semillas, ¿alguien alguna vez logró exprimir un puñado de granos de maíz, o de semillas de girasol, y obtener aceite?… Eso nos debería indicar que para poder extraer aceite del maíz, o del girasol, o de la soya o la planta de algodón, es necesario un proceso industrial complicado, lleno de químicos tóxicos para extraer, separar, blanquear, desodorizar…

Si miramos cómo son a detalle esos procesos industriales, ¡es francamente asqueroso! (puede verse un vídeo en ese enlace)… Pues a esos aceites les agregan sustancias desodorizantes (ya que su verdadero olor es muy desagradable) y sustancias blanqueadoras o aclarantes (pues su verdadero color sería grisáceo). La fabricación de dichos aceites incluye también disolventes derivados del petróleo. ¡Se utilizaban en un inicio como lubricante industrial, y después pretendieron vendérnoslos como “comida saludable y buena para el corazón”!… Esto constituye un verdadero fraude alimentario, utilizando el nombre seductor y aparentemente benéfico de “aceites vegetales”… Cuando en realidad no vienen ni tan siquiera de vegetales, sino de semillas o cereales, y deberían llamarse “aceites ultraprocesados, poliinsaturados e industriales”.

¿Cuáles son sus daños concretamente?… Todos los daños de los “aceites vegetales” se relacionan con el hecho de ser un alimento inventado, comida no real y ultraprocesada. Como siempre, cuando el hombre mete mano en inventar comida, los resultados suelen ser desastrosos y jamás pueden compararse con lo que la naturaleza lleva años perfeccionando: con las grasas y aceites sucede lo mismo. Estos aceites causan una tremenda inflamación a nivel celular, con lo que se ocasiona un gran desajuste metabólico. Esto es porque las membranas de nuestras células están compuestas de lípidos (o sea grasas), y para su correcta creación y funcionamiento esperan recibir comida real, de ingredientes de calidad, lo cual incluye grasas reales y ancestrales, grasas también de calidad como las que consumíamos durante nuestra evolución: eso incluye grasas de todas las partes de los cuerpos de animales y ocasionalmente grasas de frutos como el coco, aguacate o aceitunas, en los tiempos y regiones en que dichos frutos estaban disponibles.

Los aceites vegetales también favorecen la aparición o crecimiento de tumores cancerosos, esto se relaciona con que dichos aceites ocasionan un alto estrés oxidativo. En ese sentido, son lo contrario a un antioxidante, muchos vienen ya oxidados de origen, ya que contienen una alta proporción de radicales libres de oxígeno, con lo que causan un completo desbalance en nuestros sistemas y en la homeostasis (equilibrio) metabólica y corporal. Lejos de ser “saludables para el corazón” (como lo pone por todos lados el marketing de estos aceites), son todo lo contrario: oxidantes e inflamatorios.

Otro de los motivos por los que estos aceites causan enorme daño es que alteran por completo el balance entre los ácidos grasos omega-3 y omega-6 que nuestro cuerpo necesita. Ambos “omegas” son necesarios en nuestro cuerpo, sin embargo, la proporción que consumimos debería ser lo más cercana al 1:1. Mientras que el omega-3 es difícil de conseguir en los alimentos en general – las principales fuentes del tipo de omega 3 que nuestro cuerpo puede utilizar, son fuentes marinas como pescado y algas –; con el omega-6 en cambio es facilísimo excederse. Y los aceites vegetales tienen un contenido excesivamente alto de omega-6; de modo que si los incluimos en nuestra alimentación se vuelve imposible mantener esa proporción de 1:1, con lo que el desbalance metabólico es total. Si a esto se le agrega una alimentación alta en azúcares, tenemos la receta para una catástrofe metabólica.

El marketing de estos nocivos productos también nos dice que supuestamente muchas marcas tienen “vitaminas añadidas” o “antioxidantes añadidos”, lo cual lejos de ser beneficioso, es también una mala señal: esas sustancias añadidas no solamente no hacen nada por nuestra salud, sino que son un indicador de lo dañinos que son estos aceites en realidad. Las vitaminas añadidas a estos “aceites vegetales” no son realmente biodisponibles, ni vienen de una fuente adecuada, por lo que nuestro cuerpo no puede utilizarlas para nada. Y que tengan “antioxidantes” sólo es una forma – 100% orientada al marketing – de poner un “parche” al hecho de que el producto en sí mismo es un oxidante dañino. ¡Una grasa verdaderamente saludable no trae ni necesita ningún “extra” añadido por el hombre!…

También dificultan el perder grasa corporal excesiva, ya que interfieren con los sistemas de creación, procesamiento y transporte de lípidos en nuestro organismo. Estos “aceites vegetales” son omnipresentes en los comestibles procesados de todo tipo, por lo que debemos ser cuidadosos y leer siempre las etiquetas de los productos que adquirimos: hoy en día el 99% de los procesados que encontramos en los supermercados contienen aceites vegetales. Igualmente ser cuidadosos y selectivos al comer en establecimientos fuera de casa, pues también en la mayoría de restaurantes y negocios de comida encontraremos aceites vegetales por doquier (ya que son baratos y por lo tanto reducen costos de producción).

En conclusión: Los “aceites vegetales” son un producto chatarra inventado por el hombre, mucho más inestables molecularmente, lo cual no es nada bueno en términos de nuestra alimentación. Recuerda que si estás buscando mejorar tu alimentación y tu salud con objetivos concretos, ya sean de bienestar, composición corporal o normalidad glucémica para la diabetes; es mucho más seguro y efectivo hacerlo de la mano de un profesional experimentado.

 

Mi experiencia y mis programas:

Soy Rosy Yáñez, soy Nutricionista con Doctorado, experta en Nutrición y Metabolismo, Diabetes, Alimentación Low-carb, medicación efectiva y ayuno intermitente.

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